Isabel I de Inglaterra
Isabel nació en el palacio de Placentia,
el 7 de septiembre de 1533, siendo la hija de Enrique VIII de Inglaterra y de
su segunda esposa, Ana Bolena. Fue bautizada en honor a sus dos abuelas, Isabel
de York e Isabel Howard, el 10 de septiembre de 1533 por el arzobispo Thomas
Cranmer, con el marqués de Exeter, la duquesa de Norfolk y la
viuda marquesa de Dorset como sus padrinos. En la ceremonia, Jorge Bolena,
vizconde de Rochford, John Hussey, barón de Hussey, Lord Thomas Howard y
William Howard llevaron un dosel sobre la niña de tres días.
Aunque Enrique habría preferido un varón
para asegurar la sucesión de la Casa de Tudor, Isabel se convirtió en heredera
presuntiva del trono de Inglaterra, ya que su hermana María, hija de Catalina
de Aragón, había sido declarada ilegítima tras la anulación del matrimonio de
esta con Enrique. Sin embargo, fue
por poco tiempo. Isabel tenía dos años y ocho meses cuando su madre fue
decapitada el 19 de mayo de 1536, cuatro meses después de la muerte de
Catalina de Aragón por causas naturales. El hecho de no haber dado Ana un
heredero varón al rey hizo perder interés de este por su esposa, por lo que se
orquestó un proceso que permitió a Enrique hacer ejecutar a la reina bajo la
acusación de traición (el adulterio al rey se consideraba traición) y brujería,
por haber mantenido relaciones incestuosas con su hermano, cargos que hoy se
consideran falsos. Isabel fue
declarada ilegítima y privada de su lugar en la sucesión real.
Cuando su madre murió, fue dejada al
cuidado de lady Margaret Bryan hasta que su hermano nació y después fue educada
por Katherine Ashley. Isabel tenía entonces tres años cuando fue declarada hija
ilegítima, por lo que perdió su título de princesa. Vivió retirada de la Corte,
lejos de su padre y de sus sucesivas esposas, aunque la última de estas,
Catalina Parr, medió para que padre e hija se reconciliaran. Isabel, gracias a
la Tercera Acta de Sucesión de 1543, recobró sus derechos en la línea sucesoria
detrás de su hermano el príncipe Eduardo (hijo de Juana Seymour) y de su
hermana María Tudor (hija de Catalina de Aragón), quien también fue restituida
en esa misma Acta de Sucesión.
Entre sus asistentes, durante la época
del exilio, destacaron Katherine Champernowne y Matthew Parker. La primera fue
incluida entre los miembros de la casa de Isabel, previamente a la muerte de su
madre y mantuvo con la futura reina una amistad que se prolongó hasta su
posterior deceso. Matthew Parker fue el sacerdote favorito de Ana Bolena, quien
le hizo prometer, antes de su ejecución, que se preocuparía del bienestar de su
hija.
En cuanto a su personalidad, Isabel tenía
mucho en común con su madre: neurótica, carismática, enamoradiza y
fervientemente protestante. También heredó su delicada estructura ósea, así
como sus rasgos faciales; del rey, solo su cabello rojizo.
Tras la muerte de Enrique VIII en 1547 y
el ascenso al trono de su hijo, Eduardo VI, Catalina Parr contrajo nuevo
matrimonio con Thomas Seymour —tío de Eduardo— llevándose a Isabel consigo.
Allí, ésta recibió una exquisita educación que le propició una excelente
expresión en su inglés natal, en francés, en italiano, en griego y en latín.
Bajo la influencia de Catalina, Isabel se formó como protestante.
Mientras su hermano se mantuvo en el
trono, la posición de Isabel fue inestable. Sin embargo, en 1553, Eduardo murió
a la temprana edad de 15 años. Antes de su fallecimiento, y contraviniendo el
Acta de Sucesión dictada por su padre en 1544, Eduardo declaró heredera a lady
Jane Grey, que sería depuesta unos días después de su proclamación, el 19 de
julio de 1553. Apoyada por el pueblo, María regresó triunfante a Londres
acompañada de su media hermana.
Sin hacer caso de la opinión pública,
María contrajo matrimonio con el príncipe Felipe de España, futuro rey de
España bajo el nombre de Felipe II. La impopularidad de esta unión provocó en
María el miedo a ser derrocada por una rebelión popular que nombrara a Isabel
como nueva monarca. Este temor casi se hizo realidad cuando la rebelión de
Thomas Wyatt de 1554 intentó evitar su boda. Tras su fracaso, Isabel fue hecha
prisionera en la Torre de Londres, pero su ejecución, solicitada por
algunos miembros del séquito español, nunca se materializó debido a la
resistencia de la corte inglesa a enviar a un miembro de los Tudor al patíbulo. La reina intentó
entonces apartar a Isabel de la línea sucesoria como castigo, pero el
Parlamento se lo impidió. Tras dos meses de encierro en la Torre, Isabel fue
puesta bajo vigilancia de Sir Henry Bedingfield. A finales de ese año, corrió
el falso rumor de que María se encontraba embarazada. Se permitió entonces que
Isabel retornara a la corte, ya que Felipe guardaba cierto recelo a que su
esposa muriera durante el parto, en cuyo caso prefería que el trono pasara a la
recluida. Al instante en el que se desmintió el hecho, María, incapaz de evitar
que Isabel la sucediera, intentó convertirla al catolicismo, cosa que esta
última fingió aceptar pese a que en su interior siguió siendo fiel a la fe
protestante.
A partir de octubre de 1555, Isabel
residió en Hatfield House, Hertfordshire. En 1558, Felipe, que ya era rey de
España, envió a Gómez III Suárez de Figueroa y Córdoba para entrevistarse con
Isabel, en vistas al decaimiento progresivo de
la salud de María. Para octubre, la joven princesa ya se
encontraba haciendo planes para su gobierno. El 6 de noviembre, María reconoce
a Isabel como su heredera y el 17 de
noviembre la reina fallece, dejando a Isabel como nueva reina de Inglaterra.
Según la tradición, Isabel recibió la noticia bajo un
roble y en respuesta, recitó un verso del salmo 118: A Domino factum est illud
et est mirabile in oculis nostris (en español: Esta es obra del
Señor y es maravilloso ante nuestros ojos).
Adhesión.
A la edad de 25 años, Isabel se convirtió
en reina y declaró sus intenciones a su Consejo privado y los otros pares del
reino que habían llegado a Hatfield a manifestar su apoyo. Su discurso ante
ellos se convirtió en el primer testimonio que ha llegado hasta nuestros días
sobre la teología política medieval de los "dos cuerpos": el natural
y el político:
Mis señores, la ley de la naturaleza me
mueve a llorar por mi hermana; la carga que recae sobre mí me asombra, y sin
embargo, considerando que soy una criatura de Dios, me ordena a obedecer Su nombramiento, me rendiré,
deseando desde el fondo de mi corazón que pueda tener asistencia de Su gracia para ser ministro
de su voluntad celestial en este puesto ahora a mí encomendado. Y como yo no
soy más que un cuerpo considerado naturalmente, aunque con Su permiso un cuerpo político
para gobernar, así desearía que todos vosotros... seáis mis ayudantes, para que
yo con mi gobierno y vosotros con vuestro servicio podamos rendir una buena
cuenta a Dios Todopoderoso y dejar algo de consuelo a nuestra posteridad en la
Tierra. Pretendo dirigir todas mis acciones con buen asesoramiento y consejo.
A su regreso triunfal a Londres en la
víspera de su ceremonia de coronación, fue bienvenida calurosamente por los
ciudadanos y saludada con oraciones y espectáculos, con fuerte sabor
protestante. Las respuestas abiertas y corteses de Isabel fueron recibidas con
alegría por la población, quienes se encontraban "maravillosamente
encantados" por su nueva reina. El día siguiente, el 15
de enero de 1559, Isabel fue coronada y ungida por Owen Oglethorpe, obispo
católico de Carlisle, en la abadía de Westminster. Luego fue presentada para la
aceptación de la gente, en medio de un ruido ensordecedor de órganos, pífanos,
trompetas, tambores y campanas. Aunque Isabel fue recibida con alegría y esperanza, el país todavía estaba en un
estado de ansiedad por la amenaza percibida de los católicos dentro y en el
extranjero, así como por la elección de con quién se casaría.
Primeros años en el
poder
Al comienzo de su reinado, la política
exterior de Isabel se caracterizó por su cautelosa relación con la España de
Felipe II, que se había ofrecido a casarse con ella en 1559, y sus problemáticas relaciones con
Escocia y Francia, país este último con el que se encontraba en guerra debido a
que su hermana María Tudor había decidido apoyar a su marido Felipe II de
España en la guerra casi continua en la que se hallaban inmersas España y
Francia desde 1522.
La reina de Escocia, María Estuardo
(nieta de Margarita Tudor, hermana de Enrique VIII), estaba casada con
Francisco II de Francia. Aunque residía en Francia, su madre, María de Guisa,
parte de una de las más poderosas y católicas casas nobiliarias francesas,
regía el reino en su ausencia, defendiendo los intereses de los católicos en
Escocia. Debido a la guerra contra Francia en la que se encontraba inmersa
Inglaterra, Francisco II apoyó las pretensiones de su mujer al trono inglés,
mientras que la madre de esta permitía la presencia de tropas francesas en
bases escocesas.
Rodeados por la amenaza francesa, Isabel
y Felipe se vieron forzados a unir fuerzas pese a sus diferencias religiosas.
Por un lado, y gracias a la mediación de Felipe, Inglaterra se sumó al tratado
de paz de Cateau-Cambrésis en 1559, en el que Isabel renunciaba formalmente a
la última plaza inglesa en el continente, Calais, capturada el año anterior por
Francisco de Guisa, hermano de María de Guisa; por su lado, Francia se comprometía
a retirar su apoyo a las pretensiones de María Estuardo al trono inglés.
Durante las celebraciones que acompañaron a la firma de este tratado de paz,
Francisco II murió, lo que provocó que su esposa María regresara a Escocia en
1561.
Además, en el mismo año (1559), Isabel
apoyó la revolución religiosa de John Knox, líder protestante escocés, que
buscaba eliminar la influencia católica en Escocia. Isabel envió un ejército a
sitiar Leith, donde se concentraban las tropas francesas, y una armada a bloquear
el Fiordo de Forth, donde se esperaba que los franceses desembarcaran refuerzos
para apoyar a los escoceses. Aunque el sitio de Leith fue un terrible fracaso,
la armada logró impedir el desembarco francés y facilitó la victoria rebelde,
logrando, tras la muerte de María de Guisa en 1560, que representantes de María
Estuardo firmaran el Tratado de Edimburgo, que eliminó la influencia francesa
en Escocia, aunque María se negó siempre a ratificar dicho tratado.
Mientras tanto, Catalina de Médicis, regente
en nombre de Carlos IX en Francia tras la muerte de Francisco II, fue incapaz
de impedir que Francisco de Guisa llevara a cabo una matanza de hugonotes, con
lo que estalló una guerra religiosa entre la casa católica de Guisa, dirigida
por Francisco, y la casa protestante de Borbón, dirigida por el príncipe de
Condé, Luis Borbón. Isabel apoyó la causa protestante, llegando a comprar a
estos últimos el puerto de El Havre, que pensaba intercambiar por Calais al
final de la guerra. Sin embargo, tras la tregua entre protestantes y católicos
de 1563, Isabel no pudo retener El Havre y firmó una paz con Francia en 1564.
Tras las victorias en Escocia y la
desafortunada intervención en Francia, desaparecieron los únicos elementos
comunes de la política exterior de Isabel y Felipe II, lo que se tradujo en un
continuo decaimiento de las relaciones entre ambos países, a la vez que en un
acercamiento de Inglaterra a Francia.
Desde los primeros años de su reinado,
Isabel depositó su confianza en sir William Cecilh (Lord Burghley desde 1572), que fue
primero secretario real y luego tesorero real hasta su muerte en 1598, momento en
el cual la confianza de la reina pasó al hijo de este, Robert Cecil.
La sucesión: María
Estuardo
Poco después del ascenso de Isabel al
trono se inició un debate sobre quién tenía que ser el esposo de la reina,
incluyendo la petición del Parlamento a la reina de que contrajera matrimonio.
Sin embargo, contraer matrimonio hubiera significado para Isabel compartir el
poder con el rey consorte, algo que hacía que sienta cierta repulsión, y que
puede explicar en parte su negativa constante a hablar siquiera de matrimonio.
Sin hijos que la sucedieran, Isabel tenía dos herederas lógicas: María
Estuardo, nieta de la hermana mayor de Enrique VIII, Margarita Tudor, y
Catherine Grey, descendiente de la hermana menor de Enrique VIII, María Tudor.
Isabel sentía animadversión tanto hacia la primera, por sus enfrentamientos
anteriores y su catolicismo, como hacia la segunda, que se había casado sin el
permiso real y cuya hermana Jane había «usurpado» el trono inglés.
El problema de la sucesión se agravó en
1562, año en el que Isabel sufrió la varicela. Aunque se recuperó, el
Parlamento volvió a insistir en la necesidad de que se casara para obtener
descendencia, a lo que Isabel se negó, disolviendo el Parlamento hasta 1566.
Ese año la reina necesitaba el permiso del Parlamento para recaudar más fondos;
este le fue otorgado a condición de que se casara, a lo que Isabel volvió a
negarse. En 1568, Catherine Grey murió dejando descendientes que por distintas
razones no eran aptos para el trono; así pues, María Estuardo vio aún más
reforzada su posición de heredera natural del reino.
Sin embargo, María tenía sus propios
problemas en Escocia, donde una rebelión provocada por su boda con el asesino
de su segundo marido (con el que había concebido a Jacobo VI) forzó a que
abdicara en este y huyera a Inglaterra. Allí fue muy mal recibida, y debido
tanto al peligro que suponía para Isabel como heredera del trono como al
descubrimiento de unas cartas donde supuestamente instigaba a los asesinos de
su segundo marido a actuar, fue recluida en el Castillo de Sheffield.
Apoyo a la causa
protestante.
En 1568, Isabel se sintió amenazada por
la durísima represión del Duque de Alba en las revueltas protestantes en
Holanda, así como por el ataque de Felipe II contra los barcos de los corsarios
Francis Drake y John Hawkins. Mientras que sus consejeros, encabezados por
Francis Walsingham, pedían a la reina que apoyara la causa protestante como ya
había hecho años antes con el príncipe de Condé, esta se inclinó por ordenar la
captura de la flota de Indias en 1569.
Ese mismo año (1569) se producen dos
levantamientos: la llamada Rebelión del Norte, liderada por nobles católicos de
dicha zona, que esperaban contar con el apoyo de España contra Isabel, y la
primera rebelión de Desmond contra el gobierno inglés en Irlanda, acaudillada
por James Fitzmaurice Fitzgerald. Sin embargo, tanto el Duque de Alba como
Felipe II eran reacios a intervenir en Inglaterra, dada la complicada situación
en Holanda. Privados sus enemigos de apoyo exterior, Isabel pudo hacer frente a
las rebeliones, aunque fue excomulgada por una bula papal de 1570, que exacerbó
sus problemas con los católicos. Un año después el banquero florentino Ridolfí
planeó asesinar a la reina y colocar a María Estuardo en el trono, con apoyo de
España, para restaurar el catolicismo. El plan fue descubierto por Cecil, y los
conspiradores fueron ejecutados. Entre ellos se encontraba el duque de Norfolk,
primo de Isabel.
El endurecimiento de sus problemas con
los católicos no impidió a Isabel inclinarse por una alianza con Francia como
contrapeso a España, a pesar de la matanza de San Bartolomé de 1572. Llegó
incluso a negociar su matrimonio con el futuro Enrique III, y tras la
coronación de este, con su hermano Francisco de Anjou, que falleció en 1584
antes de que la unión pudiera llevarse a cabo.
La presión sobre Isabel para que apoyara
a los protestantes holandeses fue incrementándose, hasta que en 1577 el consejo
real, incluyendo a Cecil, aprobó unánimemente el envío de una fuerza
expedicionaria. La reina confirió el mando de dicha fuerza a Robert Dudley,
conde de Leicester, pero cambió de opinión al año siguiente retirando su apoyo
por su reticencia a entrar en un conflicto abierto con España.
En 1579, apoyándose en la bula de
excomunión contra Isabel, James Fitzmaurice Fitzgerald lanzó la segunda
rebelión de Desmond. Contaba con el apoyo del Papa, que envió tropas y dinero,
y de Felipe II, que mandó un pequeño cuerpo expedicionario a Irlanda, aceptando
ser coronado en lugar de Isabel cuando la revolución triunfara. Sin embargo,
las tropas de la reina lograron contener progresivamente la rebelión, acabando
con ella en 1583.
La guerra con España
España presionaba los intereses ingleses
con fuerza: el apoyo a los rebeldes irlandeses y el ascenso de Felipe II al
trono de Portugal, y sobre todo la desesperada situación protestante en Holanda
(con Amberes a punto de caer) y Francia, donde la Liga Católica y la familia
Guisa habían logrado imponer su voluntad a Enrique III, constituían serias
amenazas para Inglaterra. Temiendo la rendición neerlandesa y la coronación de
un títere español en Francia, Isabel se comprometió en 1585 a apoyar a los
rebeldes holandeses, enviando al Conde de Leicester 5000 hombres y 1000
caballos. Como garantía de pago por sus gastos, Isabel deseaba los puertos de
Brielle y Flesinga. Sin embargo, rechazó ser coronada reina de Holanda, ya que
eso le hubiera comprometido totalmente en la guerra, y su situación económica
no lo permitía. El conde de Leicester no fue capaz de obtener ninguna victoria
militar significativa, y de hecho todas sus intervenciones acabaron en derrota.
Esto, unido a su aceptación contra la expresa voluntad de Isabel del título de
gobernador general de Holanda, provocó que fuera llamado a Inglaterra en 1587.
Asimismo, Isabel apoyó la actividad
corsaria de Francis Drake contra la marina mercante española, lo que llevó a
Felipe II a considerar la posibilidad de una guerra abierta contra Inglaterra,
en cuanto hubiera una razón de peso para ello.
Una nueva conspiración católica contra
Isabel otorgó a Felipe la excusa que buscaba. El rico comerciante londinense
Anthony Babington pretendía asesinar a la reina y coronar a María Estuardo. La
trama fue descubierta en la primavera de 1586; se reveló que en la misma había
participado la propia María, por lo que el Parlamento pidió su ejecución.
Isabel se resistió todo lo que pudo, pero finalmente fue incapaz de soportar la
presión, ordenando la ejecución de María, que en su testamento cedió a Felipe
sus derechos al trono inglés.
Felipe comenzó, por tanto, a preparar el
plan de invasión de Inglaterra que se apoyaba en los tercios de los Países
Bajos, mientras Isabel reforzaba la marina de su reino. En 1587, Drake atacó con
éxito Cádiz, destruyendo varios barcos y retrasando efectivamente hasta 1588 a
la famosa Armada Invencible. Sin embargo, la Armada vio frustrado su propósito
por la resistencia inglesa, por el bloqueo neerlandés y por el mal tiempo.
La victoria sobre la Armada llenó de
alivio a Isabel, que ya no habría de temer una invasión de los tercios
españoles. Pero el ambiente en Inglaterra tras la batalla distó de ser una algarabía
de fervor patriótico y festejos por el fracaso de la invasión española. A la
batalla siguieron todo tipo de disturbios y enfrentamientos políticos
provocados por las penalidades pasadas por los combatientes ingleses, que
tardaron meses en cobrar sus sueldos debido a que la guerra llevó al borde de
la bancarrota a las coronas inglesa y española. Aun así, confiada por la
victoria, en 1589 la reina ordenó una expedición contra Lisboa, la Contraarmada
(superior incluso a la Armada Invencible), con el objetivo de acabar con los
restos de la flota española del Atlántico e incitar a Portugal a un
levantamiento en contra de Felipe. Sin embargo, esta expedición acabó en
desastre, ya que fue incapaz de capturar la capital portuguesa, perdiendo gran
cantidad de soldados, marineros y buques, y provocando una gran crisis
económica. La ventaja que Inglaterra había ganado sobre la destrucción de la
Armada española se perdió, y la victoria española marcó un resurgimiento del
poder naval de Felipe II durante la próxima década.
Más éxito tuvieron sus intervenciones en
favor de los protestantes holandeses (8000 soldados) y en la guerra civil
francesa, a favor del también protestante Enrique IV de Francia (20 000
soldados), ya que al apoyar a Enrique, Isabel distrajo la atención de España,
permitiendo a los rebeldes holandeses recuperarse cuando ya creían su derrota
casi segura. Aunque la guerra religiosa se decantó del lado católico, al
convertirse Enrique al catolicismo en 1593, Isabel mantuvo la alianza con
Francia debido a la necesidad de proseguir la lucha contra España. Aunque
retiró sus tropas de Francia en 1596, Isabel volvió a enviar de nuevo 2000
soldados tras la captura española de Calais.
Isabel envió aún dos flotas en contra de
España, una en 1596 que fracasó en su intento de atacar las colonias americanas
(y que causó la muerte de Francis Drake y John Hawkins), y otra en 1597, que
logró saquear Cádiz. Felipe, por su parte, envió también dos expediciones
contra Inglaterra, la primera de las cuales logró desembarcar en Cornualles y
saquear los territorios circundantes, hecho conocido como batalla de
Cornualles, pero la segunda flota naufragó en Finisterre debido a un temporal.
Mientras guerreaba contra España, Isabel
se tuvo que enfrentar a una nueva rebelión en Irlanda, la Guerra de los Nueve
Años irlandesa (1594-1603), donde Red Hugh O'Donnell y Hugh O'Neill se
levantaron contra la colonización inglesa. La reina se vio forzada a enviar 17
000 soldados al mando de Robert Devereux, conde de Essex, en 1599 para frenar
el alzamiento, pero este fracasó. Charles Blount, VIII barón de Mountjoy, le
sucedió con éxito, lo que provocó que España, paralizada desde la muerte de
Felipe II en 1598, interviniera en 1601 a favor de los rebeldes con 3500
soldados que desembarcaron en Kinsale. Cercados por los ingleses, fueron
derrotados junto a sus aliados irlandeses en la batalla de Kinsale que puso fin
a la intervención española en Irlanda. En 1603 la rebelión irlandesa terminó
con el Tratado de Mellifont.
Los tres intentos de establecer
asentamientos ingleses permanentes en América fracasaron durante su reinado. Los viajes de Martin Frobisher, La
expedición de Humphrey
Gilbert a San Juan de Terranova en 1583 y la colonia de Roanoke (1585-1590).
Muerte de la reina
El asesor principal de Isabel, William
Cecil, murió el 5 de agosto de 1598. Su papel dentro de la política real será continuada por su
hijo Robert, que pronto se convirtió en el líder del Gobierno. Una de las tareas que este último se
propuso fue preparar el camino para una sucesión tranquila. Ya que Isabel nunca
quiso nombrar sucesores, Cecil se vio obligado a proceder en secreto, entrando
en negociaciones con Jacobo VI de Escocia, que tenía fuertes, pero no
reconocidos, derechos sobre la corona. Cecil enseñó al impaciente Jacobo a mantenerse en la
sucesión asegurando el
beneplácito de la reina,
sin pedir abiertamente el trono. El consejo funcionó. El tono de Jacobo
encantó a Isabel, aunque
según el historiador J.
E. Neale, Isabel nunca declaró abiertamente la sucesión al escocés, ella sí dio
a conocer sus deseos por inequívocas frases veladas.
La salud de la reina permaneció sin
sobresaltos hasta el otoño de 1602, cuando una serie de muertes dentro de su
grupo de amistades la sumió en una depresión severa. En febrero de 1603, la
muerte de la condesa de Nottingham, Catalina Howard, que era sobrina de su
prima y amiga Catalina, Lady Knollys, fue un golpe de particular importancia.
En marzo, se describe que la reina está con malestares y parecía deprimida. Se
instaló en uno de sus
palacios favoritos, Richmond, cerca del río Támesis. Ella misma se negó a ser examinada y
tratada por sus médicos, además de negarse a guardar cama,
permaneciendo de pie por varias horas, en silencio. A medida que su condición
se deterioraba, sus damas de honor esparcían cojines por el suelo, e Isabel
finalmente se recostaba en ellos.
Mientras se iba debilitando, sus siervos
insistieron en ponerla más cómoda en su cama, al mismo tiempo que consejeros de
Isabel se reunían alrededor y se tocaba música suave para calmarla. Isabel aún
no había nombrado un sucesor, y en su lecho de muerte le hizo una señal a Cecil
para dejar a Jacobo en el trono. Cerca de las dos de la mañana, la reina murió
el 24 de marzo de 1603, y se dice que falleció «ligeramente como un cordero,
fácilmente como una manzana madura del árbol».
Isabel fue enterrada sin habérsele
practicado la autopsia, por lo que la causa de su muerte sigue siendo
desconocida. Generalmente se atribuye a un envenenamiento de la sangre,
posiblemente causado por el maquillaje blanco, hecho a partir de cerusa
veneciana, una mezcla de plomo y vinagre, haciendo este altamente venenoso.
A las pocas horas, Cecil y el consejo
llevaron a cabo sus planes y nombraron a Jacobo como nuevo rey de Inglaterra.
Funeral y entierro
El ataúd de Isabel fue llevado río abajo
en la noche a Whitehall, en una barca iluminada con antorchas, para luego ser
dejada en capilla ardiente. En el funeral del 28 de abril, el féretro fue
trasladado a la Abadía de Westminster en una carroza tirada por cuatro caballos
con gualdrapas de terciopelo negro. En las palabras del cronista John Stow: "Westminster
estaba sobrecargada de una multitud de toda clase de personas en sus calles,
casas, ventanas, pistas y canaletas, que acudieron a ver las exequias, y cuando
vieron a su estatua situada en el ataúd, hubo un general sentimiento de gente
suspirando, gimiendo y llorando como antes no se ha visto ni conocido en la
memoria de los hombres."
Fue enterrada en la capilla de Enrique
VII de la abadía de Westminster, junto a su hermana María. La inscripción en
latín sobre sus tumbas reza: «Compañeras en el trono y la tumba, aquí
descansan, Isabel y María, hermanas, en la esperanza de la resurrección».
La conversión de
Inglaterra al protestantismo
Uno de los hechos más destacados de su
reinado fue el de la transformación de Inglaterra, un país mayoritariamente
católico, en un país protestante. María, hermana de Isabel, había restaurado el
catolicismo durante su época de gobierno, hasta tal punto que la reina no
encontró a ningún obispo importante que oficiara su coronación y tuvo que
recurrir al obispo de Carlisle.
Ya en 1559, Isabel, suprema gobernadora
de la iglesia anglicana, proclamó el Acta de Uniformidad, que obligaba a usar
una versión revisada del Devocionario de Eduardo VI —un libro protestante— en
los oficios y a ir a la iglesia todos los domingos, y el Acta de Supremacía que
forzaba a los empleados de la corona a reconocer mediante juramento la
subordinación de la Iglesia inglesa a la monarquía. La mayoría de los obispos
católicos instaurados por María se negaron a aceptar estos cambios, siendo
depuestos y sustituidos por personas favorables a las tesis de la reina.
Isabel intentó durante sus primeros años
una política de tolerancia hacia los católicos; sin embargo, las rebeliones de
1569 y 1571 y la bula papal de excomunión de 1570 la llevaron a endurecer las
medidas contra los católicos. Entre 1584 y 1585 se aprobó una ley que condenaba
a muerte a aquellos sacerdotes católicos que se hubieran ordenado tras el
ascenso de la reina en 1559. Debido en parte a la persecución, en parte a la identificación
de protestantismo y patriotismo durante la guerra contra España y al
envejecimiento (y posterior deceso) de los sacerdotes católicos, el país se
había convertido efectivamente en protestante para cuando la reina falleció en
1603.


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